La vez pasada habíamos terminado con Víctor volviendo a París, luego de haber estafado a un banco y haberlos convencido de que no era conveniente hacer la denuncia. Hoy comenzaremos desde allí.

Un día, durante su nueva estancia en la capital francesa, se entero, leyendo el diario, de que el gobierno francés restauraría la Torre Eiffel. Lustig, que no hacia otra cosa que estafar, pretendió hacer el negocio del siglo: Vender la Torre Eiffel al mejor postor. Para llevar a cabo esta idea, primero falsifico información que lo hacia responsable del mantenimiento de la torre; después hizo reserva en la mejor suite de un hotel y, una vez allí, invito a cinco de los más importantes empresarios metalúrgicos de Europa para presentarles un proyecto. Para convencerlos, les dijo a los empresarios que la torre sería desmantelad y vendida como fierro viejo y los empresarios se mostraron interesados.

Todos lo presentes hicieron ofertas bajo sobres cerrados. Uno de ellos, André Poisson, ofreció el equivalente a lo que costaba 7 mil toneladas de hierro y se quedó con “el fierro viejo de la Torre”. La ganancia de Lustig no estaba en cobrar todo el dinero, sino en cobrar una importante comisión por adelantado para facilitar los trámites del comprador. Para despejar cualquier duda del empresario, mantuvo con él otra reunión; en ella le habló de lo insuficiente de su salario como funcionario y en poco tiempo lo convención de que lo mejor era que él, Lustig, se ocupara de los tramites. A los pocos días le llegaba el primer plazo del pago. Lustig se hizo de 650 mil francos y se fugo a Austria. Los otros empresarios cuando se enteraron de la estafa se avergonzaron tanto de haber caído en semejante trampa que decidieron no llamar a la policía porque les daba mucha vergüenza haber sido engañados tan fácilmente.

Luego de esto, Lustig volvió a los Estados Unidos, donde se presentó como un productor de éxito de Broadway consiguiendo 34.000 dólares, por la venta de una obra que no poseía. Ahora bien, cuando el tipo (Lustig) vio que el asunto de la torre había caminado bien, regreso a París con el dinero ganado por la venta de la supuesta “obra” que poseía, y, una vez allí, vendieron nuevamente la torre, del mismo modo, como fierro viejo. Pero esta vez, Lustig y sus secuaces, si fueron denunciados y debieron huir.

Se fueron a los Estados Unidos, allí se quedaron sin guita; entonces Lustig idea el truco de la “Caja Rumana”, invento una falsa máquina de falsificar dinero. Extraordinario ¿no creen?, según mi parecer esta es su mejor estafa, naturalmente el cliente debía ser un aspirante a “piola”, había que estafar a un estafador. En realidad, digo así para todos nuestros amigos estafadores, el mejor estafado es uno que tiene alma de estafador, uno que quiere hacer un negocio de piola; en esta oportunidad la mala fe del estafado era decisiva en la estafa.

Víctor mostró a un hombre rico, una caja, según la cual, introducías un papel en blanco de las medidas de un billete de dólares y un billete autentico, y al cabo de unas horas se transformaba en un billete imposible de identificar, salvo por la numeración que coincidía con la del billete autentico. Para probar que ambos billetes eran de curso legal y que lo que estaba haciendo no estaba fuera de la ley, Lustig fue junto con su victima a un banco para que los certificara, lógicamente, cada billete a un banco distinto, ya que la numeración de serie era la misma. En ambos casos los bancos certificaron la autenticidad de dicho billetes.

Sin embargo… El proceso era lento (duraba seis horas) pero finalmente el dinero asomaba su clásico tono verde oscuro por la ranura posterior. El hombre estaba tan asombrado como entusiasmado, pero Lustig se mostró cansado y decepcionado de la máquina porque “tardaba mucho tiempo en fabricar dinero”. La victima insistió en querer comprar la caja, pero Víctor se negaba a ello, hasta que el incauto le ofreció 30.000 dólares, entonces, con “todo el dolor de su alma” Lustig se la vendió. Entonces Víctor, preparó la caja para que diera dos billetes auténticos, y advirtió que cada billete tardaba en aparecer seis horas y solo se podía hacer un billete a la vez.

Pero la máquina no era realmente una duplicadora de dinero. Lo que realmente había hecho Lustig fue conseguir dos billetes con numeración muy parecida, y que uno tuviera dentro de esta numeración varios números 3 y que la otra tuviera en las misma posiciones el número 8, con un pequeño retoque se transformaban los 3 en 8. Cuando el incauto descubrió el engaño, habían pasado más de veinte horas, tiempo suficiente para que Víctor hubiera desaparecido.

La habilidad de este hombre llegó a tal punto que incluso llegó a engañar al propio Al Capone de quien acabó haciéndose amigo y compartiendo prisión.

Cierto día le habló al mafioso de un negocio estupendo en el que solo tendría que invertir 50.000 dólares para, casi con toda probabilidad, ver duplicado ese dinero en apenas dos meses. Capone, tras explicarle muy clarito, lo que le podía llegar a ocurrir si lo engañaba, le dio el dinero.

¿Donde estuvo el engaño? Víctor guardó ese dinero durante dos meses en la caja de un banco, al cabo de este tiempo, fue a ver a Capone y devolviéndole íntegramente todo su dinero, le dijo que el negocio no había salido bien, pero que al menos, recuperaba los 50.000 dólares.

Al Capone, acostumbrado a que se largaran con su dinero, aún sabiendo, que los iba a matar, se quedó extrañado y como gratificación le ofreció 5.000 dólares.

Lo arrestaron en 1934, pero se escapo por la ventana colgado de una sabana (como en la películas), se cambió su identidad, se hizo pasar por jubilado, eligió el nombre de Arthur Miller. La libertad le duro poco (obviamente no hay muchos jubilados con el mismo nombre de un famoso escritor ingles), la policía lo encontró y fue preso por 10 años. Después estuvo en Alcatraz y allí murió en 1947. El nueve de marzo de aquel año, Victor Lustig, el “conde,” contrae neumonía y muere treinta y seis horas mas tarde a los cincuenta y siete años de edad. En su certificado de defunción, en la casilla donde se requiere determinar cuál había sido la profesión del individuo, se lee: “vendedor…” Para ese entonces, había falsificado en total 164 millones de dólares, había vendido dos veces la Torre Eiffel y una falsa máquina de falcificar. ¿Un genio de la estafa?… ¡No cabe duda!

Fuente: Programa la Venganza Será Terrible (programa de radio Argentino, aquí una página donde pueden encontrar varios de los programas)

Un Archivo Personal

Torre Eiffel

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3 comentarios para “Victor Lustig: El Hombre que Vendio la Torre Eifell – Parte II”

  • Esther:

    Me encantó la segunda parte.
    Me he quedado aún más admirada y más en la parte donde estafa a Al Capone.

    Muchas gracias por esta historia. Estos tipos estafadores me encantan y ahora me pregunto ¿Cuántas veces me habran estafado a mi? y yo sin darme cuenta hummm gran asunto! ;-)
    Saludos

    Esther.

  • Qué bueno que te haya gustado la segunda parte. Es cierto, no son muchos los que han logrado estafar a Al Capone, y menos lo que han podido contarlo; y este tipo corrio con suerte en ambos casos.
    Que pregunta …. La verdad, ahora que lo mencionas yo me pregunto lo mismo, creo que jamás podremos saberlo .
    Saludos
    Uriel Nicolás Fernández
    Administrador y director del blog

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