Napoleón en su estudio de las Tullerías, Jacques-Louis David, 1812

Seguramente luego de leer el título de esta entrada muchos de ustedes quedaran sorprendido como yo quede de sorprendido al enterarme de este hecho. Parece una broma de algún chistoso al que no se le ocurrió nada mejor: Que Napoleón, el célebre militar y gobernante francés, general republicano durante la Revolución y el Directorio, artífice del golpe de Estado le convirtió en Primer Cónsul de la República francesa y luego Emperador de los franceses, aquel que durante un periodo de poco más de una década, adquirió el control de casi toda Europa Occidental y Central mediante una serie de conquistas y alianzas no existió. Que a pesar de ser considerado como uno de los mayores genios militares de la Historia, habiendo comandado campañas bélicas muy exitosas, aunque con ciertas derrotas igualmente estrepitosas, a pesar del establecimiento del Código Napoleónico y de ser considerado por algunos un «monarca iluminado» debido a su extraordinario talento y capacidad de trabajo, jamás formo parte de la historia. Incluso a pesar de que se lo juzga como el personaje clave que marcó el inicio del siglo XIX y la posterior evolución de la Europa contemporánea, ¡NUNCA FUE REAL!.

Pues no, no es una broma, al menos no en la forma tradicional. Es más, existió un libro, y muy serio por cierto, que se titulaba “De cómo Napoleón jamás existió” o “Grand Erratum”, y que afirmaba justamente la inexistencia de este gran y tan influyente personaje. Y en las próximas entradas les contare la historia.

Tapa del tratado “El origen de los todos los cultos o la religión universal” de Monsieur Dupuis

Pero, ¿De dónde sale la idea que Napoleón no existió nunca? Pues todo comienza justamente a fines del Siglo XVIII y comienzos del Siglo XIX. Por aquella época apareció una escuela histórica llamada <<mítica>> que pretendió explicar la historia antigua como resultado de dar material a mitos lejanos especialmente solares.

En 1796, Monsieur Dupuis, un miembro de la Academia de Inscripciones de París, publicó un libro que fue best-seller de la época, y que se titulaba “El origen de los todos los cultos o la religión universal”. En los cuatro tomos de dicho libro, Dupuis pretendió (y por poco logro) demostrar que toda religión, incluida y especialmente la cristiana, tenían su origen en un mito absolutamente solar. Así, y según postulaba, Jesús no era nada más ni nada menos que una representación del sol y los evangelios debían interpretarse, no a la luz de los hechos, sino como productos de una degeneración del mito solar. De esta misma manera explicaba las oscuridades de todos los hechos históricos a través del estudio de la situación de las constelaciones hacía quince o dieciséis siglos.

Tapa del Tratado “De cómo Napoleón nunca existió” de Jean-Baptiste Pérès

La teoría “histórica” (por así llamarla) tuvo muchos adeptos (quizás demasiados), especialmente en Alemania. Pero, de pronto, en 1835 se publicó un pequeño folleto titulado Grand Erratum, fuente de infinitos errores en la historia del siglo XIX. La primera edición impresa en Agen era un formato treinta y dosavo y no llevaba nombre de autor. Dicho folleto alcanzo numerosas ediciones entre un público harto de que se revistiesen de seriedad argumentos contra la fe absolutamente inconsistentes.

La cuarta de las ediciones, publicada en París en 1838, llevo el título “De cómo Napoleón nunca existió”, o en francés “Comme quoi Napoléon n’a jamais existé” y su autor era un genio local, el Sr. Jean-Baptiste Pérès (1752-1840), profesor de matemáticas y de física, magistrado y conservador de la biblioteca municipal de la ciudad francesa de Agen. El librito, pues de un folleto se trataba, tuvo mayor éxito que sus primeras ediciones y era una completa y absoluta sátira dirigida contra la obra Charles-François Dupuis (1742-1809), había publicado y que ridiculizo completamente a los “historiadores” de la escuela mítica.

¿Qué decía el libro? Pues tendrán que esperas hasta la próxima entrada para saberlo.

Continuara…

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6 comentarios para “De cómo Napoleón jamás existió (I)”

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