Archivo del 17 febrero, 2012
Con un día de retraso a lo prometido, aquí está la entrada. La última anécdota había tenido como protagonista a un individuo que se destacó en su historia como un gran militar y estratega. Hoy seguiremos un poco en ese aspecto, y hablaremos de otro genio militar, me refiero al Gran Corso, Napoleón Bonaparte.
Es de saber popular que las campañas expansionistas que Napoleón decidió llevar adelante durante su periodo como Emperador Francés autoproclamado terminaron poco después de la Batalla de Waterloo. Las tropas de los ejércitos aliados de Inglaterra, Prusia, Austria y Rusia, ingresaron en territorio francés, obligando al Gran Corso a firmar en Fontainebleau, el 4 de Abril de 1814, su acta de abdicación.
En dicho documento, el general había logrado reservar para su hijo, el futuro Napoleón II, los derechos de la corona de Francia. Sin embargo, dos días más tarde, muy a su pesar, Napoleón se verá obligado a renunciar para él y toda su descendencia el cetro francés.
Aquel fue el momento en que la vida perdió sentido para el alguna vez Emperador Francés, su Imperio se venía abajo, no había vuelta que darle; y lo que era peor aún, seria recluido en una isla por el resto de su vida. Fue entonces cuando lo decidió, era el momento de quitarse la vida.
Corría la noche del 12 al 13 de abril de 1813, las manos temblorosas del Emperador desenredaron el estuche que llevaba en su cuello desde el rotundo fracaso de la campaña de Rusia. Dentro llevaba un pequeño amuleto, en el cual escondía una mezcla mortífera de opio, belladona y eléboro. Lo abrió, lo disolvió en agua y tragó el veneno.
Pero su intento de suicido fallaría. Varios son los motivos que se barajan. Va… solo tres. El primero tiene que ver con el gran ego de Napoleón. Este habría llevado al general, creyendo ser más fuerte y resistente que los simples y normales humanos, a ingerir una cantidad 6 veces más de lo necesario para matarse. Semejante cantidad provocaría una reacción de espasmo y vómitos, haciendo que el Gran Corso devolviese todo el veneno. La segunda es muy parecida a la primera, pero en lugar de ser el ego lo que lo lleva a beber una mayor cantidad de la necesaria, serían los problemas de vista adjudicados, para aquella época, a Napoleón. Finalmente, la tercera tiene que ver más con cuestiones del estilo médicas. Se presume que un fuerte hipo ataco al general francés, justo luego de ingerir el veneno. Ese inoportuno espasmo de su diafragma le habría salvado la vida, haciéndole devolver todo el veneno de su estómago.
La noche paso, al igual que los días siguientes. El general siguió vivo, y el 20 de abril se despediría de su vieja guardia en el patio de Fontainebleau camino al exilio en Elba, donde llegó en la nave ingles de Undaunted el 4 de mayo de 1814.
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